Octava Partida

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Octava Partida

Mensaje  Johann Brahms el Mar Dic 30, 2008 2:03 pm

27-12-1751. Vísperas de la expedición.

Aquella mañana será la última en Savannah. William, con buen criterio, propone que celebremos la Navidad ese día, antes de la partida, durante la cena. Pero antes necesitamos ropas de abrigo y dinero con que pagarlas. En el mercado pronto damos con un vendedor dispuesto a proporcionarnos esas ropas, solo falta el dinero con que pagarlas.

Frederick y Jack salen a puerto para buscar algún trabajo para esa jornada. En un primer momento, un hombre llamado Callan les ofrece trabajo de “cobradores”, o lo que es lo mismo, alguien que recaude a sus deudores las cuentas pendientes. Ambos, Frederick y Jack, deciden descartar esa propuesta para evitar problemas. Un poco más tarde, dan con un trabajo descargando fardos de algodón, además, hay trabajo para alguien más, y pagan a tres chelines la jornada. Así, Frederick, Randall y Jack pasan la mañana y parte de la tarde, trabajando para poder pagarse las ropas.

Mientras, William y Flynn decidieron hacer una visita a la taberna de Joe. Allí, más que trabajo, pronto encontraron problemas. A Flynn se le acercó un pedigüeño, y al no entenderse con él…un cuchillo salió a escena. El doctor tuvo que darse a la fuga, después de comprobar el poco apoyo que iba a tener en aquella taberna.

William probó fortuna en otra taberna, “El rincón de Savannah” y esta vez tuvo más suerte… La dueña necesitaba, a priori, alguien habilidoso que le reparara las bisagras de las ventanas, un chelín por cada una de ellas iba a recibir Will. Pero cuando estaba rebuscando en la caja de herramientas en un cuarto interior, sucedió algo.

Ven cariño hazme una mujer!!

Erm , glups, oiga no me…agggg.

Vamos cariño no seas tímido!!

Por dios!! Que estoy casadooooo!!


Y es que la pobre mujer era viuda, y necesitaba un hombre que alegrara su vida. Lo de estar casado le sirvió a Will para deshacerse de ese abrazo amoroso. Aun así, arreglo las dos ventanas a la mujer y recibió sus dos chelines.

Rick, iba a quedar a cargo del hospedaje, y de una garrafa de vino que trajo Flynn con motivo de la celebración. Y bien se hizo cargo sí.

Después de gastar todo el dinero en ropas para el viaje, a eso de las siete de la tarde, los O´connor, Flynn y Jack volvían al hospedaje dispuestos a celebrar la Navidad, como habían acordado. Pero cuando llegaron al hospedaje, encontraron la puerta del mismo, abierta de par en par. Rick, estaba tendido sobre la mesa, en estado etílico. Su buche bien abultado, la garrafa a medias y la comida de la cena a medio roer. Y algo más grave. El mapa que supuestamente descansaba en los bolsillos de Jack, estaba arrugado y presto para servir de encendedor de la estufa. Rick debería dar explicaciones. Algunos allí, imaginaron torturas y muertes para el borracho compañero de viaje. Pasaría las siguientes horas dormitando bajo el suelo, como castigo.
Y así, con las sobras que había dejado el mequetrefe, celebraron la Navidad. Durante la cena, Jack se apiadó del muchacho y pidió ayuda para llevarlo a una cama, para que siguiera durmiendo la borrachera…

Os quiero a los seis..Si…a ti Jack…si, y a ti también Will…a los seis.

El resto se quedó mirando. Solo eran cinco.

Os quiero si…a todos…si…también a Joe…


Eran las palabras de un borracho, pero mencionaban a un tal Joe. Quizá Rick tuvo compañía durante su pequeño homenaje.

Después de la cena, hablamos un rato sobre el mapa, sobre fantasmas, cosas que quitaban las ganas de dormir. Pero pronto decidieron que sería lo mejor irse a dormir. Aun así, dispusimos unos turnos de guardias. Randall fue el primero, y el único, ya que se durmió.

Las horas nocturnas pasaron en Savannah con todo el grupo durmiendo.

28-12-1751. La expedición.

Fueron los golpes tempranos en la puerta los que nos despertaron de nuestro sueño. El barón tenía prisa. Nos preparamos para salir de Savannah y salimos a la calle. Allí estaba el resto de la expedición, cuatro hombres que nos observaban con cierta extrañeza. Discretamente y sin mucho entusiasmo nos fuimos presentando, mientras, el barón terminaba un asunto antes de partir. Los cuatro hombres eran Richard Hamon, que parecía tener la voz cantante del cuarteto, John Walter, Mathew Jenkin y John Hamilton. Tres mulas llevan el equipo para la expedición.

Al poco, en puerto aparece una barcaza, y el barón nos hace señas para subir la carga a ella y de ir tomando posiciones. El capitán de la barcaza es Philip, un hombre que parece tener mucha experiencia remontando el río.

Instantes después hace su aparición una comitiva de casacas rojas que escoltan un carruaje, con un escudo conocido para nosotros, el de los Oglenthorpe. Con el ajetreo de estos días, habíamos olvidado que lady Rebbeca vendría con nosotros hasta el fuerte Augusta. Recibimos a la dama con cierta alegría y simpatía, no así a su grupo de escoltas, que nos miraban tal vez desafiantes. Quizá nuestras casacas azules eran el motivo…

Todos a bordo, la barcaza comenzó a remontar el Savannah. Los hombres se turnaban en los palos para mover la misma. Durante el trayecto, el barón habla con la dama sobre temas raros como el heliocentrismo y palabrejas similares. También saca un mapa de ruta que conseguimos nos muestre, un mapa geográfico de Georgia.

Las horas transcurren y se nos echa la noche. El barón calcula cosas de vez en cuando, hay pequeñas conversaciones, pero en general el trayecto es bastante silencioso.

La noche sigue su curso, a la vez que la barcaza.

29-12-1751. Remontando el río.

Antes del amanecer, los casacas responden a algo poniéndose en guardia. Nosotros no sabemos en principio por qué, pero momentos después descubrimos la causa. Sobre una colina al margen derecho del río, asoma el fuerte Augusta. Todos a bordo se preparan para desembarcar.

Mientras descargamos las mulas y su carga un tal William viene a recibirnos al muelle. Curiosamente, lleva un anillo con una calavera mordiendo un fémur, y llama “maestro” al barón. Lady Rebecca se despide de nosotros en tono de amistad y agradecimiento, luego parte en busca de su primer encuentro con el barón Reynolds, su futuro esposo y futuro gobernador de Georgia.

Permanecemos a la espera cerca de un abrevadero junto a las mulas, esperando el regreso del barón. Después de unas preguntas descubrimos que quien ha recibido al barón en puerto es un tal William D Brahm, el mismo que firma el mapa misterioso.

Durante la espera, comprobamos la rigurosidad en el fuerte, la estrecha vigilancia que mantienen y lo estrictos con las normas. No en vano, estamos en territorio de Carolina del Sur, territorio de los franceses. En un momento dado, un teniente de los casacas se acerca a Jack, con cierto gesto de sorpresa.

Capitán Garrison?

Erm…si, soy Jack…Jack Garrison, que ocurre?

Vaya vaya, que sorpresa, no esperaba encontrarlo aquí…soy el teniente Kallahan, me recuerda?

Ummm, si, si…

Usted me salvó la vida…le juzgaron por ello no?


El teniente, se retira para seguir su turno, pero promete volver a buscar a Jack para seguir hablando.

Seguimos esperando, junto al cuarteto de Richard. Decidimos aislarnos un poco para hablar sobre el lugar “x” y cuando regresamos, unos casacas están esperando para que les acompañemos a la mansión del barón Reynolds, que desea conocernos. Simplemente quiere conocer a los hombres que ayudaron a su futura mujer. Parece un hombre campechano y distante a la corona. Nos despacha rápido de la casa y comenta que nos cederá un guardabosques para ayudarnos en nuestro viaje. También, “amablemente” nos invita a montar nuestras tiendas al raso de su jardín. Y procedemos a levantar las mismas en dicho lugar. Nos enteramos que el comandante en jefe militar es el coronel Vaugan, mientras trabajamos en levantar las tiendas. Rick, que siente el rechazo del resto decide hacer noche con los hombres de Richard. Nosotros cinco pasaremos la noche en otra de las tiendas, mientras que el barón, dormirá solo en la tercera tienda.

Para sorpresa nuestra, el barón Reynolds decide pasar la noche junto a nosotros, deseoso de escuchar a hombres simples con sus historias de piratas. La conversación era amena, pero llegó un momento en el que el tal Reynolds arremete verbalmente contra lady Rebecca, dirigiéndose hacia ella como “la coja” y menospreciándola. Jack y Randall, se sienten molestos con ese trato hacia la dama y deciden abandonar la tienda, volviendo al abrevadero. El resto trata de mostrase más diplomático, pero Reynolds zanja la conversación y vuelve a su casa.

Al final, acabamos de nuevo en el abrevadero, Flynn, Randall, Frederick , William y Jack. Con la excusa de practicar el disparo con los mosquetes, abandonamos el fuerte, sabiendo que las puertas las cerraran a las seis de la tarde. En realidad, lo que pretendemos es llegar al lugar marcado con “x”. Hay que cruzar el río, y probamos fortuna con Philip, pero no quiere riesgos. Decidimos remontar el río al norte del fuerte, buscando una zona para vadearlo, pero no hay suerte. La única posibilidad es la de cruzarlo a nado, o ayudados por troncos, pero en el último momento, parecemos echarnos atrás, demasiado riesgo tal vez…Así, volvemos al fuerte, antes del cierre de las puertas.

Tras regresar, Jack se separa y acude en busca del teniente Kallahan. Lo encuentra pero apenas tiene un momento para él. Al menos es suficiente para que le ceda su sable. Jack regresa junto a los otros con el arma envuelta en el abrigo. Alguien se percata de que el barón parece molesto con su alumno, tal vez porque este muestra cierta predilección por Reynolds, en lugar de él.

La noche se cierne sobre Augusta y la expedición se dispone a dormir en las tiendas. Apenas pasa una hora cuando unos gritos de alarma despiertan a todos alrededor. Los gritos son del barón Frederick. Al parecer alguien había intentado robarle metiendo la mano por debajo de la tienda. Los casacas acuden y se ponen a buscar al infractor. Nadie sabe bien lo que ha pasado, nadie salvo William y tal vez Jack. No sabiendo bien por qué, William había decidido fisgonear entre las pertenencias del barón. En uno de los intentos, probó fortuna con el anillo de la calavera. Pero su intento fue fallido, y el barón atrapó su mano. Ante el escándalo Jack salió de la tienda, vio la situación de William y le ayudó a zafarse de la mano del barón. Luego solo tuvieron que hacer como que buscaban al culpable. Nadie habló más aquella noche, ya habría tiempo para explicaciones. Sin embargo, a media noche y lupa en mano, el barón concluía ciertas investigaciones.

30-12-1751. Camino a lo desconocido.

Antes del amanecer y precipitadamente, el barón ordena recoger y abandonar el lugar. Salimos del fuerte rumbo norte, al margen del río. El barón parece querer poner tierra de por medio.

La mañana es fría. A las tres horas de caminar divisamos una barcaza. Nadie la vigila. Cargamos las mulas y subimos a ella, prestos a cruzar el río. Al otro lado nos recibe un bosque de coníferas, y más allá, los Apalaches. Tomamos rumbo suroeste, y después de avanzar un rato, hacemos un alto. Es buen momento para aprender a disparar los mosquetones.

El barón se muestra hosco y poco hablador. A medida que avanzamos, de vez en cuando se detiene para marcar algunos árboles con “x”. Mantiene su mutismo, hace algunas mediciones y anotaciones, así durante toda la jornada.

El terreno se vuelve abrupto y escarpado. Anocheciendo, salimos de la zona boscosa para dar con una pared casi vertical, en cuya base transcurre un riachuelo. Randall susurra que este lugar corresponde a la “X” de nuestro mapa. Pasaremos aquí la noche, por lo que disponemos el campamento y establecemos tres turnos de guardia. Nada ocurre, salvo que en el último, Randall se aleja río arriba, como buscando algo.

31-12-1751. Camino a lo desconocido.

El barón se despierta y se encamina río arriba, solo. El resto recogemos y cargamos el equipo en las mulas, para luego ir a su encuentro. Parece que el barón no ha descansado mucho esa noche.

Seguimos una hora rumbo arriba el curso del río, hasta que cruzamos y encontramos una cascada, con una poza de agua en su base. El barón se interna tras la cascada. Hay una gruta oculta, y al parecer, atraviesa la pared vertical de lado a lado. De uno en uno, vamos recorriendo la gruta, con la tenue luz de las antorchas. Al rato, acabamos saliendo en el otro lado, en una lengua glacial. El frío es intenso. La gruta ha resultado ser un atajo a los Apalaches. Poco a poco, el camino se torna sinuoso y estrecho, con una escarpada pared a un lado y una caída mortal al otro.

Y por si esto no fuera suficiente, el cielo rompe a nevar.
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